Año 8 Nº 1


EXCURSIÓN BOTANICA A LA ARAUCANÍA EFECTUADA EN 1889

Dr. Rodolfo Armando Philippi

(Traducción del original alemán y notas del Prof. Hugo Gunckel Luer)

 


Cuando llegué, en 1851, a Chile, los mapuches eran casi independientes; vivían en la región comprendida entre los ríos Lebu y Toltén (37° 30’ – 38°30’). En 1858, ellos todavía aparecieron saqueando varios pueblos al sur del Bío-Bío; pero ahora, el ferrocarril atraviesa aquella región de norte a sur y sólo falta la parte comprendida entre los ríos Cautín (Imperial) y el Calle-Calle, que se encuentra ya en construcción, para poder efectuar el largo trayecto, desde Santiago a Osorno, en un solo viaje sin interrupción. En la actualidad se están planeando numerosos pueblos en esta región. A los araucanos se les da un pedazo de terreno lo suficientemente grande para que puedan vivir holgadamente. El resto es parcelado y se remata anualmente a los interesados. Numerosos alemanes, suizos, franceses y hasta ingleses, han adquirido ya sus propiedades al lado de chilenos; por este motivo, desde algunos años no es difícil, y peligroso, viajar por la Araucanía en tren o por sus caminos, que unen las distintas poblaciones, todas de reciente fundación.


El 7 de Noviembre de 1889, acompañado de un empleado del Museo Nacional, tomé en Santiago el tren que, en aquella fecha, me dejaba en Angol, después de un día de viaje. La configuración curiosa de la parte sur de Chile es bastante bien conocida. Hasta Puerto Montt encontramos un espacio comprendido entre la cordillera de los Andes y la cordillera de la Costa, como un valle que principia al pie de la cuesta de Chacabuco, al norte de Santiago. Pero debo rectificar desde luego, de que la denominación de CORDILLERA de la Costa es errada. La palabra cordillera significa, según el diccionario de la Real Academia Española: una serie de cerros continuados, "montium continuata series", es decir, un cordón de cerros en forma continua. El espacio comprendido entre el valle longitudinal y el océano Pacifico no es sino una meseta con algunas elevaciones sobre el nivel del mar, que cae casi perpendicularmente hacia el océano, presentando una composición geognóstica muy variada.

Su macizo es, ya de granito, como la micaesquista (esquistos micáceos), pero gran parte es del Terciario y posee mantos carboníferos.

            Sin duda, el valle longitudinal ha sido antes un inmenso brazo marino, como lo es todavía su continuación entre Chiloé y el continente, y que, durante el transcurso de miles y miles de años, se ha rellenado con piedras rodadas y con tierra que han venido de sus dos lados, es decir, de ambas cordilleras. En partes, el suelo agrícola es muy delgado; en algunas localidades sólo alcanza varias pulgadas de grosor, pero también así es fructífero. Si está regado crece sobre él, admirablemente bien, la alfalfa (Medicago sativa L., Fam. de las leguminosas) y el trébol perenne (Trifolium repens L., Fam. de las leguminosas), cuyas raíces penetran hasta 2 metros entre las piedras del subsuelo. Si después de 20 años no se desea aprovechar más estos cultivos, se les deja crecer libremente y las hojas y raíces descompuestas dan una regular capa de humus, suficiente entonces para cultivar trigo.

Pero ahora, volviendo a mi viaje a la Araucanía. Desde Santiago hasta San Javier, pueblecito situado a algunas millas al sur del gran río Maule, observamos a ambos lados de la línea férrea, campos cultivados, viñas, trigales y grandes plantaciones de alfalfa, sobre las cuales pastan cientos de animales vacunos. En las pequeñas propiedades sus dueños cultivan maíz, papas, porotos, pimientos, zapallos, sandías y melones. Estos cultivos constituyen lo que en Chile se llama chacras. Se ven además perales y sauces llorones, cuyas ramas están todas cortadas hasta una misma altura, dando a ellos un curioso aspecto: son los animales vacunos que los podan así, con sus lenguas, comiéndose los ganchos y ramas tiernas y recientes.

A orillas de la línea férrea sólo observamos algunas malezas de origen europeo, como ser: el hinojo (Foeniculum vulgare Gaertn, Fam. de las umbelíferas), la alcachofera asilvestrada (Cynara scolymus L., Fam. de las compuestas), el cardo mariano (Silybum marianum Gaertn, Fam. de las compuestas), el cardo común (Cynara cardunculus L., Fam. de las compuestas), que llegó a Chile sólo unos cuarenta años atrás, la cicuta (Conium maculatum L., Fam. de las umbelíferas), introducida a fines del siglo XVIII por un boticario español, la achicoria (Cichorium intybus L., Fam. de las compuestas), etc.

De las plantas nativas, las que más se observan desde el tren citaré: el Cestrum parqui (el palqui), cuyas hojas conocía desde mi infancia, porque crecía en el Jardín Botánico de Berlín (1) indicándoseme que esta planta chilena tenia olor a carne asada, pero aquí, en Chile, al estado silvestre, es hedionda, y la Muehlenbeckia chilensis (2), el quilo, un arbusto de la familia de las poligonáceas, cuyas frutas son comestibles, especialmente por los niños, y que, por su gran abundancia en la provincia de Concepción, se aprovecha para elaborar una bebida fermentada. Donde existen acequias o canales de regadío hallamos Bidens helianthoides Kunth. (3), el Senecio hualtata  (4), de hermosas flores amarillas, y nadando sobre las aguas, Jussieua repens (5), una oenoterácea que, según Fernando von Muller, tendria que ser otra especie, ya que, según él, Jussieua repens sería originaria de la India. Abundantemente crecen a orillas de las acequias y canales, y aun en sus aguas, Typha angustifolia L., planta útil, porque de sus tallos se fabrican esteras y pisos, muy usados en las viviendas humanas. Así se usaban todavía en Santiago, cuando llegué allá hace unos cuarenta anos atrás, donde no existían aún en muchas casas pisos de madera y las casas, aun las más distinguidas, usaban alfombras hechas con los tallos de esta planta acuática, para así tapar el suelo terroso.

En la última parte de este trayecto del ferrocarril existen en lugares húmedos, algo así como bosques, pero que efectivamente no son más que matorrales con algunos árboles aislados. Están formados por una mirtácea: el chequén (6) y la patagua, que es una tiliácea, pero según otros, una eleocarpácea (7), con bonitas flores blancas, y el canelo (8), el árbol sagrado de los mapuches, que lo llaman voigue. Es un verdadero árbol de adorno, con grandes hojas siempreverdes y con numerosas umbelas de innumerables flores blancas. Ambos árboles, bajo condiciones favorables, pueden alcanzar cierta altura y un aspecto majestuoso, especialmente el canelo, que antes era muy usado como madera para construcciones. No se puede usar como combustible, porque al quemarse produce un humo de un olor muy penetrante e insoportable. Ahora el canelo sólo se encuentra como arbusto en las provincias centrales.

No necesito mencionar especialmente que el tren, atraviesa pueblos y ciudades, que se encuentran en el valle longitudinal, como Rancagua, Rengo, San Fernando, Curico, Talca, etc., y que cerca de la línea férrea se levantan numerosas poblaciones y hermosas quintas, cerca de Talca y aun un poco más al sur, los árboles bajos y los arbustos aparecen a veces dorados, especialmente cuando sobre ellos caen los rayos solares. Su causa es que se encuentran cubiertos por grandes cantidades de una cúscuta o cabello de ángel, de tallos de color amarillo oro, la Cuscuta aurea Phil (9). De San Javier al sur cambia el aspecto general del territorio que estamos atravesando. La línea férrea deja atrás varios lugares aún cultivadas en sus alrededores, para enseguida atravesar distancias o espacios incultivados, donde existe sólo una vegetación raquítica. Tocamos las ciudades de Linares, cuya plaza está adornada con naranjos; Parral, San Carlos y Chillán, esta última ciudad con 40.000 habitantes. A 21 leguas de ella se encuentran las famosas termas azufradas de Chillán, que casi alcanzan la región de las nieves eternas. En seguida, la línea férrea sigue una dirección casi recta por los pueblecitos de Bulnes y Yumbel, hasta San Rosendo, atravesando grandes arenales, verdaderas dunas, donde crecen solo pequeños e insignificantes arbustos. Esta arena, según recientes investigaciones microscópicas del Dr. Pohlmann, no es de origen marino, sino volcánico, y cubre grandes extensiones hasta más al sur del río Renaico. Deben haber pasado miles de años y los volcanes de los Andes deben haber estado muy activos para acumular una cantidad tan inmensamente grande de arena. Sobre la vegetación típica que sobre ella crece, hablaré más abajo.

En un principio, San Rosendo no era ninguna población, sino sencillamente una estación ferroviaria, donde la línea se bifurca: una línea se dirige hacia el sur y la otra, tomando una dirección noroeste, va hacia Concepción y Talcahuano, donde actualmente el gobierno de Chile tiene instalado un importante puerto militar. Yo seguí viaje a Concepción para herborizar en sus alrededores y visitar a los amigos de aquella ciudad, especialmente al cónsul danés don Peter Moller, uno de los hombres más simpáticos e instruidos que he conocido en mi ya larga vida. El era sólo cuatro años más joven que yo, pero estaba completamente ciego desde varios años, y falleció en enero del año recién pasado. Con este amigo me dirigí el 11 de noviembre a la hacienda Renaico, que pertenece a. su esposa, y que es administrada por su hijo mayor.

La cordillera de la Costa, entre San Rosendo y Concepción, se compone principalmente de granito, que llega hasta la misma ribera del Bío-Bío, lo que obligó, en muchas partes, a volar con explosivos las rocas, para así dar paso a la línea, lo que, por otra parte, da a este trayecto un aspecto más pintoresco.

El río Bío-Bío es muy ancho, con un suave declive y la ribera sur, la opuesta, cae perpendicularmente al río, está cubierta con bosques. Cerca de Concepción desaparece por completo la cordillera de la Costa y el río es tan ancho que el puente de los ferrocarriles, que une Concepción con Lota, pasando por el puerto de Coronel, tiene un largo de 1889 m (10).

Este trayecto ferroviario es uno de los mas románticos que se conocen; antes de llegar al puente, se pasa por un largo túnel, en seguida, se atraviesa un plano arenoso y cubierto de árboles bajos, y antes de llegar a Coronel, un nuevo túnel, corto esta vez, y luego a orillas del mar, pasando por otros cinco túneles, seguidos cada vez por playas marinas, hasta que la línea llega a un terreno deshabitado y cubierto sólo en partes por bosques, y donde se encuentra edificada la ciudad de Lota.

  Regreso en tren de Concepción a San Rosendo. Las superficies, donde retrocede la cordillera de la Costa, están cubiertas por algunos cultivos, especialmente en las desembocaduras de esteros y arroyos. Allí existen algunos manzanales y sobre las faldas de los cerros vecinos, pequeños arbustos y aun árboles y, en parte, una especie de Chusquea, la quila  (11), que sube por los árboles y arbustos, ramificando sus tallos; es una gramínea que más al sur, en la provincia de Valdivia, forma verdaderos bosques impenetrables. Aquí todavía no es tan robusta; pueda ser que sea una especie distinta, lo que no he podido comprobar, por no tener material florido de ella. Las especies del genero Chusquea al cual, pertenecen la quila y el colihue, poseen la misma propiedad de las Bambusa , florecen cada 20, 30, 40 años, producen semillas y mueren (12). De las verdaderas Bambusa se distinguen en que sus tallos no son huecos, sino macizos, como los de la caña de azúcar y del maíz, lo que también puede ser fácilmente comprobado aun por legos en botánica.

Las flores que más abundan y que se ven con mas frecuencia en las faldas de los cerros, son: un subarbusto, la Calceolaria integrifolia Murr. (13), y en seguida Senecio nigrescens Hook. et Arn. (Fam. de las Compuestas; nombre vulgar: ñilhue). Cerca de la línea férrea se observan muchas matas de zanahoria (Daucus carota L., Fam. de las umbelíferas), que he podido observar sólo en esta región en estado silvestre. Cerca de San Rosendo encontré la Calceolaria alba Ruiz et Pav. (Fam. de las Escrofulariáceas), que posee flores blancas. Otra especie de Calceolaria, igualmente con flores blancas, fue descubierta el año pasado por el Dr. Federico Johow, cerca de la laguna de Aculeo; fue descrita por mi hijo Federico como Calceolaria johowi F. Phil. (14). De paso indicaré que la laguna de Aculeo, que es de cierta importancia, no figura en el atlas preparado, por el finado geógrafo y geólogo Pissis, cuyo trabajo, en general, se encuentra lleno de faltas imperdonables, lo que es casi increíble.

Saliendo de San Rosendo atraviesa la línea férrea central el ancho río Laja, por un puente bastante largo (15). Este río nace del lago Antuco, corre de este a oeste hasta San Rosendo, donde se une con el Bío-Bío y es caudaloso, aunque recibe pocos afluentes. A cinco millas alemanas al norte de San Rosendo, forma el río Laja, que en aquella parte es bastante ancha, un salto de agua famoso y que se bifurca en dos brazos por una roca que se encuentra en su lecho. Tiene un hermoso aspecto, pero su altura alcanza, según mis conocimientos, solo a treinta pies y no tiene ninguna comparación con el salto del Pilmaiquén, que se encuentra, además, en plena montaña virgen en la provincia de Osorno. Durante los deshielos en los Andes y después de grandes lluvias, trae el Laja una inmensa cantidad de arena al río Bío Bio, y parece que es ésta, una de las principales causas del embancamiento de dicho río, que ahora es sólo navegable con mareas altas.

La línea férrea atraviesa a continuación un terreno relativamente plano, sin árboles, y que no ofrece nada de particular para el botánico. Hacia el este encontramos un ramal que va a Los Ángeles, capital de la provincia de Bío-Bío, y a unas pocas leguas más al interior, pero siempre en el mismo plano, la colonia alemana de Human (16) que se encuentra en un estado floreciente.

En Los Ángeles existe una escuela alemana, cuyo preceptor, el señor Benjamín E. Mohrlen, es también profesor en el liceo fiscal de aquella misma localidad. En la estación de Coigue abandonamos el tren y subimos a un vehículo bastante incómodo, aunque estuve acostado sobre colchones y cojines. Felizmente, las casas de la hacienda no están muy lejos. Curiosos son dos bloques erráticos glaciales que se encuentran no muy lejos de Coigue. Indicaré que he observado un tercero cerca del pueblo de Negrete, en esta misma región. En los alrededores de Bulnes también existen algunos, pero son más pequeños, lo mismo que en otras localidades de la Araucanía. Ellos deben haber bajado de la cordillera de los Andes, sin duda, con inmensos ventisqueros, y es probable que también en Chile y en todo el hemisferio austral haya existido una época glacial, igual que en el del norte. Louis Agassiz opina que unos pequeños montículos, situados al norte de Curico, conocidos como los Cerrillos de Teno (17), le dieron la impresión de que eran el final de una morrena, pero hasta ahora ninguna persona se ha preocupado seriamente de estos fenómenos geológicos en Chile. Creo que difícilmente hallaríamos a alguien que investigara esto, menos entre los nacionales. Y, ¿para qué? ¿Acaso produce esto algún dinero...?

La hacienda de Renaico era una gran, propiedad, comprada en 1847 por don. Manuel Serrano, en diez mil pesos, suma bastante subida para aquella fecha, por ser el terreno de mala calidad y de gran extensión para una sola persona, y que tuvo, además, sobre el un proceso judicial que duró 19 años. Después del fallecimiento del señor Serrano, la propiedad fue subdividida en seis partes, siendo la actual hacienda de Renaico la sexta parte del total. En la actualidad su explotación está sólo en formación: la casa de habitación, en un principio espaciosa, se presenta ahora ya con escasez de piezas para una buena administración. Frente a la casa hay un jardín recién arreglado y no muy lejos de él, un parque formado de eucaliptus y de algunos pinos californianos, pero sin árboles frutales. Hará unos cuarenta y ocho años vivían aún atrás de la hacienda como cien mapuches; ahora ellos son muy pocos, y sobre la parcela de mi amigo, sólo contadas familias de ellos, pero todos completamente chilenizados, que sólo trabajan los barbechos y cuidan animales. Durante la época de la cosecha en esta región, como también más al sur, se toman trabajadores de la zona de Chillán.

El único vegetal que se cultiva hasta ahora en gran escala es el trigo, que cosecha con trilladoras. La crianza de animales es muy secundaria, por no haber praderas adecuadas para este objeto. Se debe esto a que gran parte del suelo está cubierto con arena, con pequeñas dunas, y sólo e1 terreno algo húmedo y arcilloso es aprovechado para el cultivo del trigo. En partes aisladas de los arenales observamos una gramínea, Paspalum dasypleurum Kunze, que ocupa algunas extensiones y que sirve de forraje. En general, los pastos nativos no son buenas plantas forrajeras y no sirven para hacer con ellos heno. Son principalmente especies de los géneros Festuca y Stipa. Las primeras forman champas grandes, pero aisladas entre sí, con hojas ásperas y enrolladas como alambres delgados, de 9 a 12 pulgadas de largo, (18) y poseen tallos del doble de largo que las hojas. Los animales comen este pasto llamado coirón, solo cuando es nuevo; para esto se queman las matas viejas para que salgan hojas nuevas y más tiernas. Yo hice lo mismo en mi fundo en San Juan, resultando con esto sólo incendios de estepas y verdaderos incendios de bosques. Para obtener alimentos para los vacunos se siembra ahora pastos de origen europeo en suelo húmedo, como Lolium italicum L.y Holcus lanatus L., el pasto miel que crece, por otra parte, también sobre cualquier clase de terreno. Al sur del río Laja no crece la alfalfa que sobrepasa en calidad a todos los demás forrajes. Sólo hace unos pocos años atrás se inició el cultivo del trébol colorado en la provincia de Concepción y, según parece, con éxito. El trébol blanco crece en todo el sur del país en forma espontánea, pero no se cultiva por ser muy pequeño y se necesitarían grandes cantidades para su aprovechamiento agrícola. Debe haberse ensayado el cultivo de una especie de trébol anual de flores amarillas, el Trifolium lupulinum (19) y del Trifolium filiforme (20) hace años, en la región de Concepción, pero su cultivo fue abandonado lo mismo que los del Poterium sangisorba (21) y de la esparcilla, la Onobrychis sativa, que necesitan suelos calcáreos, los que no se encuentran en Chile (22). Los tréboles de flores amarillas se encuentran ahora silvestres y pueden considerarse como nativos. Lo mismo el por los chilenos llamado cardo negro, Cirsium lanceolatus (23), que fue introducido por un agricultor ingles llamado Prins, como planta forrajera, los animales efectivamente lo comen, principalmente en el invierno, cuando no hay otro alimento para ellos, pero en general es una maleza odiosa en la actualidad y de difícil extirpación.

Las dunas de Renaico poseen la misma clase de arena y la misma vegetación que hemos observado al norte del Laja. Sobre sus lomitos encontramos pequeños arbustos, cuyas raíces retienen el avance de las arenas por el viento, como la Duvaua dependens (24), una anacardiácea con fruto del tamaño de la pimienta que tiene el mismo gusto que las bayas de enebro y a los cuales jamás he visto como "dependentes", (25) aunque he podido observar miles de ejemplares de este vegetal; observamos, además, unas ramnáceas espinudas, pertenecientes a los géneros Colletia y Retanilla; también la Lithraea caustica, el litre, un árbol de la familia de las anacardiáceas, el cual parece ser tan venenoso como el Rhus toxicodendron y hasta cuya sombra se cree produce enrojecimiento y aún eczemas en la piel, de lo cual yo jamás he visto dicho efecto, ni en mi, ni en otras personas, aunque he masticado sus hojas y sus frutos (26).

A la sombra de estos arbustos crecen varias especies de Erigeron y Conyza, nuestras Erigeron acre y E. canadense, Hypochaeris, entre ellos: H. glabra. Armeria chilensis, siempre con flores blancas en lugares húmedos, varias especies de Chloraea, que representan aquí en Chile al género europeo Orchis y que poseen todas flores blancas y verdes o amarillentas, porque orquídeas de color rojo no existen en Chile. Interesante fue para mi, encontrar sobre estos mismos montículos de arena algunos ejemplares de Calycera balsamitifolia (27), que no he encontrado en ningún otro lugar en Chile.

En las acequias crecían un Trifolium, un Ranunculus, qué describí como R. moelleri (28) y la curiosa Eryngium pseudojunceum, cuyas hojas y tallos se asemejan a un junquillo. Hay, además, en el sur de Chile, dos especies más del mismo género que poseen el mismo habito: E. crantzioides Gris. y E. fistulosum Phil. (29).

Interesante es, además, la vegetación de los pequeños pantanos que se secan completamente en el verano; aquí se encuentran varias especies de Eritrichium (30) con flores blancas, algunas grandes y otras aún pequeñas, un género que representa a nuestro Myosotis. Una Euphorbia nueva, la E. verna, que reemplaza la E. peplus L., una ranunculácea, el Ranunculus obtusatus (31) con flores pequeñas, la pequeña Ophioglossum bulbosum (32), que posee un rizoma del tamaño de una arveja; además, una liliácea, la Nothoscordum striatellum (Lindl.) Kunth. y una hermosa iridácea, la Herbertia pulchella (33), de cuya cebolla, del tamaño de una avellana, crece un escapo unifloral, y cuya flor posee tres pétalos azules grandes, y entre ellos tres más pequeños con manchas amarillas. La planta se llama lahué y sus cebollitas se comen y en algunas localidades hasta se venden en los mercados. El lahué, las cebollas de dos liliáceas de flores azules, pertenecientes a los géneros Conanthera y Cumingia (34), los rizomas de una Dioscorea, llamada huanque, desempeñaban en la época prehispana un importante papel en la alimentación de los aborígenes araucanos.

Donde el suelo es de mejor calidad aparece cada vez en mayor abundancia otra iridácea que ocupa muchas veces grandes extensiones de terreno, dando el aspecto de una verdadera pradera: es una Libertia. Ella forma champas más o menos grandes y compactas, posee hojas tiesas, graminiformes, y sus tallos no más largos que sus hojas, llevan umbelas de flores blancas hasta de un centímetro de diámetro. Las flores formadas por tres pétalos redondos y blancos y por tres sépalos de color verde. Los animales comen las hojas cuando no encuentran otros alimentos. Además, varias especies del género Sisyrinchium, pertenecientes también a la familia de las iridáceas, son bastante numerosas. Es un género que se caracteriza por sus tres estambres que forman un tubo, incorporándose, por este detalle, en la clase de los Monadelphia de Linneo. Por último indicaré una amarilidácea de flores coloradas, con, escapo unifloro que crece en lugares húmedos: el Habranthus araucanum Phil. (35).

El 14 de noviembre nos pasó a buscar don Alberto, el segundo hijo de mi amigo ciego, para ir con él a la hacienda Almendral que arrendaba, y que se encontraba seis leguas en dirección N-W-N. Fuimos en un vehículo de cuatro ruedas a través del mismo terreno antes indicado, atravesando el río Renaico por sobre un largo puente de madera, y antes de llegar a la hacienda, el río Vergara, en una balsa. El tiempo era transparente y teníamos una vista hermosa hacia la cordillera, abarcando nuestras miradas todo los Andes, desde el volcán Antuco, que alcanza una altura de 2800 metros sobre el nivel del mar; en seguida la no volcánica, pero muy pintoresca Sierra Velluda, de 2200 metros sobre el mar; a continuación, el volcán Lonquimay, el Picodei, llamado el Nevado, hasta el Llaima, por el sur.

Todas estas cinco cumbres nevadas se encuentran completamente aisladas, pero en una línea recta, de norte a sur, y al este de ella corre el valle del río Bío-Bío superior, en el cual el gobierno chileno posee varios fortines contra los pehuenches que viven en la parte argentina: ¿Y qué nos enseña el más arriba citado atlas de Pissis, sobre esta región? Una gran meseta de la cual só1o se elevan un poco más los conos de los volcanes que he indicado y en cuyas faldas del lado este, principia la Patagonia. Todo el curso superior del rio Bío-Bío falta en el mapa confeccionado por Pissis y él regala toda esa región a la Argentina.

La casa de Almendro ya se encuentra en la cuesta de la cordillera de Nahuelvuta, la cual igual a la cordillera de la Costa no constituye una cadena de cordilleras, sino un plateau de granito muy masivo y ancho con la altura de una gran montaña. Ese plató yo lo crucé hace un par de años atrás en mi camino de Angol a Cañete. Allí crecen muchas araucarias y en una parte todavía se encuentran guanacos silvestres (36). Aquí yo deseo permitirme una pequeña disgresión sobre la ortografía. Nadie duda que Nahuelvuta es una palabra araucana y que Vuta significa grande y se pronuncia Wuta, Nahuel significa tigre. En general, se escribe así el nombre Nahuelbuta. Aunque la gramática araucana de los misioneros, y yo tengo una frente a mí, la del Padre Febres, declaran que el idioma mapuche no posee la consonante B ni la S. Oficialmente se nombra el río Levu y la ciudad construida en sus riberas, Lebu. Se explica esta diferencia porque para el español es indiferente la ortografía y le es igual escribir dichas palabras con V o con B. Yo he visto en un importante diario en una misma frase "un vaso de agua" y dos líneas más abajo "baso" y es, además común, leer que un buque fue "votado" en vez de "botado" al agua. Una vez vi un cajón que llevaba por marca de su destino "Balparaíso" en vez de "Valparaíso". Igualmente indiferente le es el uso de S, Z o C, y el nombre de la ciudad española Saragosa  se puede encontrar en 6 o 7 variaciones lo mismo se puede decir del uso de la H y de la G. En muchísimos mapas, si no en todos, se lee que la isla más grande de las Baleares se llama Mallorca, debiendo ser Mayorca (la Mayor), al lado de la Menoría (la Menor). El volcán Llaima figura como Yaima en el atlas de Pissis donde, además, se puede leer Ballenar y Bergara en vez de Vallenar y Vergara, respectivamente

La vegetación de El Almendro es muy distinta a la de Renaico. Muy cerca de las casas; el terreno sube bruscamente hacia las faldas que poseían antiguamente una viña, y sobre la cual crecía una vegetación exuberante: árboles, arbustos, lianas y muchas matas de quila. Los árboles más importantes son el roble (Nothofagus obliqua (Mirb.) Blume.; roble es el nombre castellano de Quercus suber (37) y Aextoxicum punctatum Ruiz et Pav., aquí llamado olivillo, en otras partes palo muerto, y cuyo nombre mapuche es tique. Es un árbol que no puede incorporarse a ninguna familia botánica: Hooker lo considera como una euforbiácea; según Miers pertenecería a las celastrianeas; según Grisebach, por sus hojas, a las eleagneáceas  (38), además, crecen aquí el litre, el peumo, una laurácea, el avellano, el maqui, que es una eleocarpácea. De los arbustos citaré al mayu (Sophora macrocarpa Sm.), una papilionácea con racimos de grandes flores de un hermoso color amarillo, que más tarde da una legumbre larga de varias semillas; un arbusto o árbol de tres metros de altura, el Senecio denticulatus (39); Azara dentata, una bixácea con flores apétalas y con pequeños, pero muy numerosos estambres, que producen un hermoso aspecto (40), y varias especies de Colletia. Estos arbustos se encuentran enlazados con numerosos voquis, que forman un laberinto impenetrable.

Abundante es también la Lardizabala biternata, el voqui colorado, cuyos sarmientos pueden alcanzar hasta cincuenta pies de largo y que es usado por los nativos en la confección de cordeles y lazos; sus flores, dioicas son casi negras y las femeninas llevan tres frutos con aspecto de una morcilla de freír y que poseen un buen gusto, porque están rodeados de una sustancia dulce, igual que la frambuesa y el fruto de Opuntia, el higo indígena. También era abundante el copihue, la reina de las flores chilenas, en las quebradas, pero sólo encontré sus frutos verdes e inmaduros, llamados pepinos, que son comidos por los niños.

Una arveja silvestre, la Vicia macraei, con racimos de flores grandes, blanco-amarillentas, suben aquí hasta veinte pies de altura, mientras que una preciosa amarilidácea, la Bomarea salsilla abría sus umbelas coloradas en los bordes de los matorrales.

Algunos de los árboles más arriba indicados, merecen un pequeño comentario. El peumo produce frutos iguales en forma, tamaño y color, que la cereza silvestre y que, igual que ésta, posee un cuesco cubierto de una sustancia carnosa, pero su carne es más compacta, blanca y muy aromática, igual que las hojas y su corteza. Cada vez que como estas frutas tengo la sensación de haber tenido entre mis dientes un pedazo de jabón perfumado. Muchas personas las comen con agrado, pero es necesario cocerlas previamente. En la provincia de Aconcagua, donde es muy abundante este árbol, en el mes de junio, es casi imposible encontrar un rancho, que no tenga sobre su fuego una gran olla con frutas de peumo, y hasta en las calles de Santiago de Chile se ofrecen en venta.

La Gevuina avellana Mol., el avellano, lleva muy mal su nombre español, ya que no tiene ningún parecido con el avellano europeo, ni su fruto, aunque es comestible como aquél, no se le parece, ni en forma, aspecto ni gusto. El avellano sólo se encuentra aquí como arbusto o pequeño árbol, pero alcanza en los bosques vírgenes de Valdivia y Chiloé una altura respetable y se pueden elaborar con su tronco, tablas y otros objetos. Sus hojas grandes y varias veces partidas parecen como barnizadas, y cuando este árbol posee aún sus frutos colorados de tamaño regular y está cubierto por sus flores blancas en racimos dobles, presenta aspecto verdaderamente encantador. Su fruto contiene sólo una semilla y es un trabajo poder sacarlo de su envoltura resinosa y pegajosa para librarla, con el objeto de comerla cocinada o tostada; es oleosa como el avellano europeo, pero muy distinta en su sabor y no posee el sabor agradable de aquél. El maqui alcanza sólo al aspecto de un arbolito y produce, a fines de otoño, una gran cantidad de bayas negras del tamaño de granos de pimienta, que se asemejan en su gusto a las bayas del arándano y que tiñen; poseen tres granos grandes, en vez de los muchos pequeñitos de nuestra estimada baya de arándano. Cuando madura el maqui se ven en el lugar donde crece en abundancia, los labios de todas las mujeres, hombres y niños teñidos de negro y muchas veces también la ropa con manchas negras. Se prepara con él una bebida fuertemente embriagadora, llamada chicha de maqui. Desde varios años se exportan grandes cantidades de bayas de maqui secas a Bordeaux, Francia, para teñir vinos, y su recolección, que es efectuada principalmente por los niños, les deja buenas ganancias. En los alrededores de las minas de carbón de Curanilahue, en un sólo año se han reunido bayas de maqui por un valor de veinte mil pesos oro, y muy pocas personas sabrán que hoy día el vino es teñido en muchas partes del mundo con bayas de maqui chileno.

Si se sube por las faldas, que tienen una altura de varios cientos de metros y hemos transpirado lo suficiente, llegamos a una cima que está cubierta con una pradera, donde encontramos ejemplares aislados de robles, a cuya sombra crecen algunas flores bonitas. Fuera de los ya nombrados Herbetia y Nothoscordum, aquí encontramos especialmente Leucocoryne cuyo tallo, sin hojas, que sale de una cebolla, lleva, dispuestas en umbelas, flores blancas o moradas y perfumadas, que poseen sólo tres estambres interiores y los otros tres se han transformado en una deformación claviforme exterior; una segunda especie posee flores inodoras, pero en cambio sus hojas llevan un marcado olor a ajo. Además, se ven Trichopetalum stellatum Lindl., una liliácea con flores blancas, pequeñas y en racimo.

El Almendro es la localidad más austral en Chile, donde se ha observado a una liliácea anormal, que posee sólo tres estambres y hojitas en sus flores y cuyo significado es aún dudoso: me refiero a la Gilliesia graminea Lindl.

Aquí herboricé también Cissarobryum elegans Poepp., una vivianiácea rastrera, con aspecto de un Geranium, cuyas flores se tornan azules al secarse; y en gran cantidad a la Pasithea caerulea Don., una planta que se parece mucho a nuestro Anthericum ramosum, pero posee flores de un hermoso azul celeste.

El 16 de noviembre me trasladé en tren a Angol, la capital de la provincia de Malleco. Se encuentra situada casi al pie de la cordillera de Nahuelbuta y fue refundada, sólo en 1862. De los fortines, levantados aquel año contra los mapuches, actualmente apenas quedan los restos. Ahora tiene la ciudad, unos 7.000 habitantes. Sus alrededores tienen interés para el botánico. Entre la población y los pies de los cerros se encuentra un campo seco, donde crece principalmente una bonita bromeliácea, la Pourretia alpestris (41); la Pernettya furiens (42) cuyas bayas comidas en cantidades producen efectos tóxicos y hasta la locura; una compuesta de aspecto de un pequeño arbusto, perteneciente al género Gochnatia, entre los cuales crecen unas cuantas otras plantitas raras.

Yo me quedé donde el señor Antonio Kind, qué es dueño de una cervecería de cierta importancia, para continuar herborizando al día siguiente. El señor Kind y su señora esposa son oriundos de Frankfurt an Main, en Alemania, son muy atentos y cariñosos con todos sus connacionales. Hasta ahora no había encontrado a ningún mapuche; ellos han emigrado más al sur o han caído víctimas del aguardiente y una pequeña parte de ellos se ha chilenizado por completo, siendo por este motivo difícil poder distinguirlos del bajo pueblo, por cuyas venas no corre tampoco, generalmente, ninguna gota de sangre blanca.

Mañana seguiré viaje a un territorio donde el mapuche forma todavía la mayoría de sus habitantes, en una región montañosa y lejos de los actuales caminos.

Jamás he podido comprender por qué la gran línea férrea a Temuco no ha pasado directamente por Angol, sino algunas millas más al norte, desde la estación de Roblería. En ese caso no habría sido necesario construir un puente tan costoso como es el de Malleco (43), y yo no necesitaría haber regresado a Roblería, que posee el edificio de la estación y ninguna otra vivienda humana en sus alrededores, para tomar allí el tren que debería llevarme a Collipulli.

De Roblería hasta Collipulli, el tren pasa por un suelo de lomajes de probable formación terciaria, y era necesario efectuar numerosos cortes por el trazado de la línea férrea. El ingeniero Kretschner, con quien me encontré, me llamó la atención de la gran cantidad de terraplenes que llenaron muchas quebradas y que en unas partes alcanzan hasta tres metros de altura. Así se explica por qué el trigo en esta región da uno por veinte y aún más, y por qué se puede ocupar el mismo terreno durante varios años seguidos, antes de producirse su agotamiento. En todo este trayecto, hay sólo muy pocos árboles, y parece que nunca ha sido cubierto por bosques; además, se ven pocas casas. En algunas partes divisé bloques erráticos, que tendrían varios pies de diámetro.

A las 10.30 llegué a Collipulli, y encontré allá un hospedaje bastante bueno; había bastante movimiento en el pueblo y se veían muchos mapuches, hombres y mujeres, comprando y vendiendo productos de sus campos. El comercio local está en manos de alemanes. Durante el desayuno se discutió el problema de mi movilización hasta Ercilla. Un dueño de un vehículo me pedía por la distancia de sólo once kilómetros, un paseo de medio día, la suma de doce pesos. Eso era para mí mucho dinero. Entonces se me presentó un colono suizo, que trasportaba un barril de vino sobre su carreta, que se ofreció para llevar mi maleta y mis papeles para secar plantas, por la suma de un peso, y yo, con mi fiel Pablo, le seguimos a pie. Era imposible extraviarse porque había un sólo camino. Collipulli se encuentra muy cerca de la ribera de un río, cuyas dos orillas son rocosas y perpendiculares hasta el agua, y si mal no me recuerdo alcanza una altura de 170 pies. En esta parte angosta atraviesa la línea férrea, la quebrada. Para esto se construyó sobre la roca viva un pedestal de cemento, mezclado con roca de origen plutónico.

Zigzageando bajé el camino hasta llegar a las aguas susurrantes de un estero y enseguida, nuevamente hacia arriba, atravesando las aguas por un puente de madera provisorio. En el lado sur de la quebrada el suelo se presenta con las mismas características que en su lado norte de Collipulli: árboles, y de tarde en tarde, algún rancho disperso.

En grandes cantidades crecía Avena hirsuta (44) en tanta abundancia que parece un verdadero avenal. Es esta gramínea una maleza de origen español y que debe haber llegado al país mezclada en el trigo Se encuentra espontáneamente tanto en el norte como en el sur, pero jamás la he observado tan abundantemente como en Araucanía; se llama comúnmente teatina y no se la ve con agrado en los cultivos. También pasamos frente a un trigal, muy bien cultivado y con un cerco muy bueno. En la última cuarta parte del camino eran más abundantes los árboles, y entre ellos algunos cuantos campos de cultivo. Eran robles (45), pero de un aspecto penoso hasta triste, robados de sus coronas y de muchas de sus ramas. Investigando la causa de este raro aspecto de los robles supe de que se trataba de una costumbre regional de sacar la corona y las principales ramas de ellos para que no den mucha sombra a los sembrados. Aquí encontré una nueva especie de violeta, del grupo de las plantas rastreras, con hojas, lineares en forma de lancetas en roseta, es anual posee flores muy pequeñas con tres pétalos blancos y dos de un morado oscuro. Y la bauticé con el nombre, de Viola minutiflora Phil. (46).

Acercándose más a Ercilla, aumentaba el número de robles y esta última ciudad parecía encontrarse en medio de un bosque. La estación de los ferrocarriles, antes de llegar al pueblo, poseía ya un cerco, pero todavía no estaba su suelo debidamente aplanado, porque aún se encontraban árboles en el recinto. Encontré en el trayecto un rebaño de unos doscientos a doscientos cincuenta vacunos argentinos, casi salvajes, que habían atravesado la cordillera por el paso de Lonquimay. Se me gritó que tuviera cuidado y que me escondiera detrás de un cerco. Aquí debería intercalar una aventura espeluznante que me sucedió, porque casi fui corneado por un buey, pero felizmente pude salvar mi vida... pero una aventura así me pedirán, sin duda, mis pacientes lectores al narrarles un viaje en América, y más todavía entre mapuches indomables en plena Araucanía.... Pero no era para tanto, ya que en esta ocasión tuve la suerte de encontrar una nueva especie de Sisyrinchium con flores blancas, que llamé: S. stenopetalum Phil. (47).

En Ercilla existía una posada; lo supe por el letrero que vi sobre una puerta, pero el señor Roberto Backhaus, que estuvo años antes en mi fundo de San Juan, me hospedó en su casa aún inconclusa, donde me ofreció hasta su propia cama. Cené con él, acompañados de un señor von Unger, que era dueño de una propiedad rural cerca del pueblo y era casado.

A la mañana siguiente continué viaje a Victoria. Un amigo del señor Backhaus me facilitó una de esas pequeñas carretas cuyas dos ruedas son de un sólo pedazo de madera, que son tan comunes tanto en la Araucanía, como más al norte o más al sur. Sobre ella fue colocado un lienzo y el subdelegado civil del lugar, al cual por "si parva licet componere magnis" se podría comparar con el señor consejero provincial por su poder administrativo, me prestó una yunta de bueyes; yo contraté un mozo para dirigir éstos y muy temprano continué mi viaje.

Esta carreta tan primitiva tiene grandes ventajas prácticas para estas regiones en comparación con el vehículo "civilizado", fabricado por Stellmacher que no sería capaz de seguir su ruta por caminos y por bosques, quebrándose, sin duda, en algún lugar que quedaría como a un día de viaje hasta la próxima herrería o maestro componedor de carretas, en cambio, cualquier mozo con su hacha y con un barreno grande puede componer su carreta en el mismo lugar del accidente. Para un botánico en viaje no existe otro vehículo más práctico que una de estas carretas, llamadas vulgarmente chanchitas por el pueblo. Se puede ir al lado de ella y herborizar tranquilamente; si se está cansado se sube en la parte de atrás y se sienta tranquilamente sobre su maleta o sobre algún otro equipaje, sin hacer parar los bueyes, y lo mismo se efectúa para bajar, al observar alguna planta que se desea coleccionar que se haya observado desde la carreta.

Toda la región que estamos atravesando es una planicie grande y hermosa, un precioso y verdadero; parque. Los robles crecen muy separados entre sí; por su gran tronco y por su corona se puede tomarlos, desde luego, por encinas. El suelo está cubierto por una gramínea baja y por numerosas flores y solo aquí y allá vemos algunos pequeños arbustos. Donde algún arroyo haya producido una profunda erosión en el suelo, que generalmente es difícil de atravesar, encontrarnos algunos matorrales de arbustos; helechos y lianas, y aun con algunos árboles, lo mismo que en la región de Valdivia. El pangue, (Gunnera chilensis Lam. de la  Fam. Haloragáceas (48), aparece en lugares húmedos, como en otras partes del sur del país.

Seres humanos, rucas y campos de cultivo, apenas se ven en el trayecto entre Ercilla y Victoria; pero encontramos muchas carretas transportando tablas, lo mismo mapuches con sus mujeres y niños a caballo.

            Victoria fue fundada en 1881 y tiene en la actualidad mil habitantes y poseía entonces ya dos hoteles. Yo me hospedé en el de la plaza que me fue recomendado como el mejor. Mi cuarto no tenía ventanas, pero sí bastante luz, que penetraba por los vidrios de dos puertas, una que se abría hacia la plaza y la otra hacia un patio interior del hotel. Una de las paredes de mi cuarto estaba cubierta con una tela grisácea, reforzada con trasversales de color pardo, y en la otra pared era lisa, aún no pintada. Las puertas poseían dos chapas, pero ambas no funcionaban y si se quería cerrar la pieza por dentro, era necesario colocarle una tranca transversal interiormente. La comida era regular, en cambio la factura que nos pasó el dueño bastante subida. Probablemente el cantinero pensaría que los pocos huéspedes que pasaban por su establecimiento, deberían pagar también por aquellos que no pasaban por él.

Yo tenía una recomendación para un comerciante alemán, llamado Graalfs, que casualmente se hallaba fuera de la ciudad, en Quillem, donde poseía una sucursal; pero me encontré con su socio, un señor Bade. Cuando estuve conversando con él, apareció la señora de Graalfs en el negocio. -"Oh, señor doctor, ¿de dónde viene Ud? Parece que Ud. ya no me conoce; claro que no, porque hace bastante tiempo que no nos hemos visto". La miré un momento y luego le dije: "Ahora sé quién es Ud. Ud. se llama Vesta Haimann". Ella me contestó: "No, Vesta es mi hermana mayor, yo soy la Julia". A ambas había visto y conocido, hace años, en Santiago, en un colegio de niñas regentado por la señora de Windemuth, y no la hubiera reconocido, si no fuera por el nombre de Vesta, que llevaba una de ellas. Ella sintió mucho que estaba por irse aquella misma tarde donde su marido y que no podía, por este motivo, conversar un cuarto de hora más conmigo.

En el mismo negocio tuve ocasión de arreglar la continuación de mi viaje con una chanchita. Pero como había sido un día de lluvia, estuve obligado a quedarme un día más en Victoria. El Señor Bade me invitó a almorzar y pasé horas muy agradables con él y con sus familiares. El vive en una casa bien arreglada, cuyo gran huerto llegaba hasta el mismo río Traiguén, en cuya ribera opuesta crecía la preciosa Ourisia coccinea Pers., una hermosa escrofulariácea de flores escarlatas y en forma de tubo; yo no pude atravesar el río para coleccionarla, lo que sentí mucho.

Al día siguiente el tiempo amaneció bueno y por eso pudimos continuar el viaje cuya meta, para aquel día, era la ciudad de Traiguén. El aspecto general de la región es igual al que habíamos observado entre Ercilla y Victoria: un gran "parque”; sólo algunas suaves lomas y bosques producían variaciones a su aspecto general. Las primeras permitían ver, de tiempo en tiempo, la cordillera de Los Andes, es decir, a los volcanes que la coronan. El camino no era mucho más animado que el que unía a Ercilla con Victoria. Traiguén se encuentra situada en la ribera norte del río del mismo nombre que se cruza por un buen puente de reciente construcción. En la ribera sur, que es algo parada se observa una débil veta carbonífera y un cateador de minas hizo últimamente un sondeo. Antes de llegar a la verdadera población, que se encuentra, a cierta altura, se pasa frente a un gran molino que pertenece a un señor Bunster, el cual posee una gran propiedad, varios otros molinos y numerosas destilerías y un banco propio que emite billetes, etc., y a quien deseo llamar el Rey de la Araucanía (49).

Traiguén sólo fue fundada hace seis años, y es ya un pueblo de cierta importancia, con un movimiento comercial bastante activo. Varias autoridades viven en ella y existe, además, una guarnición militar. Encontré en el hotel todas las mesas ocupadas por una numerosa clientela, especialmente empleados civiles, militares, comisionistas y comerciantes solteros. Pregunté por la distancia hacia los pueblos del sur y supe que en un día de viaje podía llegar hasta Temuco y que su tarifa era de sesenta pesos. Como no deseaba hacer un viaje tan rápido y, además, no estaba de acuerdo con su tarifa, prefería regresar a Lautaro en un "coche con bueyes". El hotelero me prometió conseguir uno para el día siguiente, y efectivamente, a la mañana siguiente, me esperaba uno frente a la puerta del hotel. Por suerte pregunté a su conductor por el valor de su tarifa antes de iniciar el viaje, y se me contestó que valdría veinte pesos. Yo me sonreí y le contesté que sólo le pagaría unos cinco pesos; lo dejé solo, retirándome. Más tarde supe que había adivinado el valor exacto de lo que valía un viaje entre Traiguén y Lautaro en una carreta. En vista de esto, acordé dirigirme a unos lomajes que se encuentran al norte de la población para herborizar, ordenando a mi acompañante que comprara un poco de pan y queso para el viaje.

Por este camino pasé a saludar a un comerciante alemán y le conté el motivo del atraso de mi viaje a Lautaro. Apenas había abandonado la población, apareció detrás de mí un hombre, corriendo y gritando: "¿Es usted el caballero qué desea ir a Lautaro?", y al confirmarle que así era, me dijo: "Yo viajaré luego a Lautaro con dos carretas; casi desocupadas; si desea, lo puedo llevar y nada le costará el viaje". Se trataba de un colono domiciliado en Quillem, un prusiano de nombre Antonio Zube, de profesión dibujante, es decir un pintor de puertas y de piezas. Inmediatamente acepté encantado este ofrecimiento. Regresé rápidamente a Traiguén para arreglar el viaje; Zube liquidó todavía algunos negocios pendientes, y muy luego iniciamos el viaje a Lautaro: teníamos como acompañante de viaje a una joven y simpática señora con dos pequeños hijitos y su empleada; como supe más tarde, era la esposa de un oficial domiciliado en Quillem. Pregunté antes de iniciar el viaje, si era necesario comprar algunos víveres, y Zube me contestó que a la mitad del camino, entre Traiguén y Lautaro, en Quilo (50), existía un hotelito y que cerveza, podría adquirir en un negocio ubicado en la última casa de la población, al abandonar Traiguén. Pero al llegar al dicho negocio no encontramos cerveza, por haberse agotado momentos antes toda su existencia, tenía únicamente dos botellas de chichiri (es decir Ginger Ale), una bebida de gusto agradable, a base de jengibre y anhídrido carbónico, pero, la señora dueña del negocio no me los quiso vender, ya que yo no le podía entregar de inmediato el respectivo envase vacío. Las botellas efectivamente son muy escasas y aun muy caras en Traiguén. Por suerte había dejado en mi pieza en el hotel dos botellas vineras vacías, con las cuales pude efectuar la gran transacción comercial de dos botellas de chichiri...

Al llegar nuevamente al valle, por donde corre el río Traiguén, teníamos frente a nosotros una gran extensión de terreno plano, en partes con lomajes, suaves, casi sin árboles, pero con numerosos campos cultivados y en algunas partes trigales bastantes grandes. A mediodía, a orillas de un arroyo con agua cristalina, y fresca, descansamos: los bueyes fueron desuncidos para que así pudieran descansar una hora, mientras que nosotros preparábamos a la sombra de unos árboles nuestro almuerzo; pero, ¡ah! ni la señora del oficial, ni el señor pintor real Zube, como es llamado por los demás colonos por haber pintado una vez algunas puertas del palacio imperial de Berlín, no habían llevado más alimento que lo que yo había comprado antes de partir de Traiguén.

El pueblo de Quilo quedaba aún a dos horas de aquí; yo me consolé pensando encontrar allá un almuerzo, aunque modesto, pero jamás una esperanza había sido tan engañada.

En efecto, Quilo poseía solo tres o cuatro casas, frente al camino real, y en el llamado HOTEL, no había nada, absolutamente nada para tomar, ni para comer.

Estaba ya oscureciendo cuando doblamos un camino, llegamos a la casa de habitación de Zube, donde dejó él las herramientas y los útiles agrícolas que había adquirido en Traiguén, declarándose que se iba a quedar en su casa, pero que sus carretas, aquella misma noche, iban a continuar viaje hasta Quillem, con el objeto de dejarnos allá y una parte de los bultos que trasportaba. Llegamos felizmente a las 9 de la noche a nuestro destino. Primeramente, abandonó Madame con sus dos niñitos el vehículo. Doscientos metros más arriba se encontraba la casa del señor Graalf, donde esperaba recibir una buena acogida, pero también aquella vez, fracasaron mis esperanzas. Golpeé fuertemente varias veces la puerta; nadie la abrió, hasta que fui informado desde una ventana vecina de que sus moradores dormían en un cuarto algo lejano, en el fondo de la propiedad, y que era imposible que ellos me oyeran, aunque echara abajo la puerta.

¿Qué hacer? Todos dormían ya en aquella aldea. La gente, con sus carretas y que transportaba mis cosas, mientras tanto, habían avanzado bastante trecho. Sólo veía una débil luz detrás de una puerta algo distante. Hacia allá me dirigí apresuradamente y encontré felizmente que frente ella, uno de los guías de las carretas, cargaba algunos barriles para el dueño negocio. Pertenecía a un señor Brennar, un judío oriundo de Kiew, el que tuvo ciertas dificultades con las autoridades del gobierno zarista ruso y emigró al extranjero, encontrándose ahora en plena Araucanía. Le conté mi desgracia, pidiéndole, por favor que me diera algún hospedaje, aunque para sea aquella noche. Pero recibí de él contestación que no esperaba: "Con el mayor agrado deseo ofrecérselo, pero me es materialmente imposible. Vea Ud., fuera del local destinado para mi negocio, sólo posee la casa un cuartito donde duermo con mi hija"; pero yo le repliqué: permítame Ud. entonces que duerma sobre el mostrador de su negocio". "Si así lo desea entonces le puedo preparar una cama sobre el mostrador". Como éste era bastante largo, fue desocupado inmediatamente en un extremo, buscó algunas piezas de género que me sirvieron de colchones, otra pieza como almohada, y de su propio dormitorio buscó hasta algunas sábanas. Mi poncho y otros del negocio sirvieron de frazadas. Hasta mi fiel ayudante obtuvo aquella noche una cama bien arreglada cueros y sacos vacíos, en el piso. En el otro extremo del mostrador preparó también su cama el empleado del señor Brenner.

Eran ya las nueve y media de la noche y en todo el día no había comido nada más que un pedazo de pan con queso; era imposible pedir a esas horas algo de comer al buen amigo Brenner, y por este motivo tuve que conformarme de acostarme con el estómago vacío. A pesar de todo dormí aquella noche muy bien, hasta las seis de la mañana, hora en que se levantó el empleado del negocio; yo hice lo mismo y me dirigí primeramente a la casa del señor Graalf. Aquí estaba ya abierto el negocio, y cuando su empleado me preguntó qué deseaba, le dije que venía a pedir una taza de café bien caliente del señor Graalf, se me respondió: "Ud. llega a muy buena hora, porque en estos momentos está tomando el desayuno en el comedor". Se comprenderá que fui muy cordialmente recibido por el dueño de casa, donde quedé todo aquel día. Durante la noche, y aún durante las primeras horas de la mañana, llovió algo; por eso los guías de las carretas me informaron que necesitaban esperar hasta que se mejore algo el tiempo para así poder seguir viaje hasta Lautaro, nuestro destino.

A las 8 de la mañana fui nuevamente a casa del señor Brenner para agradecerle las atenciones recibidas la noche anterior. En el negocio me encontré con una simpática joven, era su hija Rosa, que estaba leyendo en un libro. De reojo miré el libro que tenía entre sus manos y vi que era una obra escrita en idioma francés-"Oh Mademoiselle, le dije, vous lisez un livre francaise?", y acto continuo parlamos francés. Supe por ella que Brenner tenía a su hijo menor, de cuatro años, en un establecimiento educacional en París y que había llegado a la Araucanía sólo hacía unos dos años. Dos hermanas mayores se habían casado ya en el país. Más tarde supe que Rosa, mi gentil amiga, había fallecido, meses después, de cólera, que en aquella época azotaba la Araucanía.

A mi regreso a la capital pude hacer un servicio al señor Brenner. Algunos empleados públicos subalternos abusaban continuamente con los colonos recién llegados al país...¡Pero prefiero callar!

Después de medio día dejó de llover un poco, que aproveché para herborizar. El bosque alcanzaba todavía muy cerca de las casas de la población y en un lugar húmedo tuve la suerte de encontrar todavía tres especies de plantas nuevas para la ciencia: una Hedyotis (51), una Dioscorea (52) y un Senecio, que apenas alcanzaba un centímetro de altura, con hojas graminiformes y angostas y con una sola cabezuela blanca (53). Al día siguiente apareció Zube con su sirviente Rudi, un suizo que durante cuatro años sirvió como soldado helvético al rey de Nápoles; con ellos continuamos nuestro viaje a Lautaro.

Inmediatamente al salir de Quillem, hay que atravesar una profunda quebrada de un afluente del río Cautín, de paredes bas­tante paradas, lo que efectuamos con ciertas dificultades. En seguida el camino continuaba por un plano, pero cubierto con bosque, interrumpido a veces con partes limpias, pequeñas praderas naturales y aun trigales.

En Lautaro me hospedé en el hotel Suisse... El local se componía de una gran pieza, dividida en dos secciones por un comedor, en la más grande había tres camas y una sola silla. Todas las paredes estaban todavía desnudas, sin pintar y sin adornos, las ventanas no terminadas y sus aberturas aún clavadas con tablas en bruto. También faltaba completamente el cielorraso.

Lautaro se encuentra situado frente al correntoso río Cautín, que desagua una gran hoya hidrográfica, siendo, por lo tanto, bastante rico en agua. Es navegable sólo hasta Carahue, desde su desembocadura, pero únicamente por pequeñas naves (54). En Lautaro, el Cautín es atravesado por un puente de cimbra, el que tuvo, no hace mucho tiempo atrás, una pequeña desgracia... Unos soldados de la guarnición se daban el placer de columpiarse en la parte media del puente, que se cortó de sus tirantes laterales, cayéndose al agua los alegres soldados. Se habían usado para mantener el puente, alambres gruesos que se emplean en los buques para afirmar los mástiles, y que eran muy débiles para sostener un puente. Ahora se encontraba de nuevo arreglado el puente, pero sólo se encontraba sobre él dos corridas de tablas, lo que permitía que cada vez sólo una persona pudiera atravesarlo.

Lautaro fue fundado en 1881 y ya poseía 160 casas. Cuando pasaba por una de sus calles, observando el pueblo, que brota rápidamente como una verdadera callampa, oí de uno de los almacenes estas palabras en alemán; "Eh! señor Doctor, ¿de dónde viene Ud.?". Miré a la persona que así me llamaba. "Parece que Ud. ya no me conoce, yo soy Faulbaum, el cuñado de Peters, que vive en la cuesta de Las Raíces, entre Valdivia y La Unión". Ahora me acordaba de él; lo había visto hará unos diez años atrás, en Carieté (55). Me obligó a pasar y quedé en su casa a la continuación de mi viaje. Me ofreció un cuartito para alojamiento, que acepté encantado, porque deseaba dormir solo y no acompañado quién sabe con quién, como probablemente iba a suceder en el hotel Suisse, en compañía de dos personas extrañas y con una silla en mal estado. En este almacén pude comprar algunas cositas para regalarlas a los hijos del "pintor real", ya que él no quiso aceptar dinero alguno, y que se encontraba ahora en Lautaro demostrando su arte "real", pintando las puertas y las ventanas de una recién instalada cervecería alemana.

En Lautaro se ven muchos mapuches que ofrecen sus servicios como jornaleros, o para comprar y vender sus productos y también...para emborracharse. Qué valiosa no sería esta raza indígena si no tuviera dos vicios capitales: su inclinación al robo de animales, aprovechando cualquiera ocasión para hurtar lo ajeno y el otro vicio: la bebida alcohólica. Ellos tienen casi siempre una mala borrachera e inmediatamente hacen uso de cuchillos u otras armas.

Al día siguiente, la lluvia me obligó a quedarme un día más en Lautaro, y el viernes pudimos continuar nuestro viaje al sur, a Temuco, sobre una chanchita que me facilitó la firma Faulbaum & Cía. El camino, en gran parte, sigue una altura de unos treinta metros sobre el nivel del río Cautín, pero, a veces, también muy cerca del río: Estas últimas partes del camino, cuando el cauce del río aumenta; son intransitables y entonces hay que pasar por la parte más alta, detrás de los primeros cerros. Por las lluvias, aunque insignificantes de los últimos días, en muchas partes se habían formado verdaderos pocitos, donde se perdían las ruedas de la carreta hasta su eje. Así se comprenderá mejor que en el invierno esas partes del camino real son muy difíciles de pasar, especialmente una que se llama Infiernillo, un verdadero pequeño infierno.

Se ven, de tarde en tarde, algunas casas de mapuches, algunos campos de cultivo y aserraderos. Algunas veces tenía aquí al volcán Antuco luego una hermosa vista hacia la cordillera nevada: la Sierra Velluda, luego el Lonquimay, con su cono puntiagudo, más allá el Picodei (56); frente a nosotros el Llaima, un volcán con un cono bastante ancho y en el sur: el volcán Villarrica. Según fui informado, el Llaima hizo erupciones hará tres semanas atrás, botando gran cantidad de lava hacia el SSW, que se notaba todavía muy bien contrastando con la nieve blanca que la cubría, hasta que vuelva a nevar, envolviéndose entonces de nuevo con su manto blanco de eterna nieve. Estos cerros corren en línea recta y paralela por una meseta cubierta probablemente con bosques. El divortium aquarum, que separa las aguas hacia el Atlántico y hacia el Pacífico, debe encontrarse aún más atrás de esos altos cerros nevados, pero no debe tener mucha altura, ya que entre los volcanes que se hallan aislados, no se observan, desde lejos, otros cerros nevados más atrás. A ambos lados del camino observamos ahora campos de cultivo, numerosos animales pastan sobre algunas propiedades. También existen un mayor número de casas de colonos, separadas ahora por distancias cada vez más cortas, que nos indicaban que muy pronto llegaríamos a Temuco, la meta de nuestra excursión botánica.

En Temuco me hospedé en casa de don Teodoro Schmidt Wessel, el ingeniero de provincia, el que me había invitado varias veces ya cariñosamente, y que me presentó al señor intendente de la provincia, al juez de letras y otras personalidades y autoridades de la localidad.

Temuco, fundado sólo hará unos pocos años atrás, en 1881, es ahora capital de la provincia de Cautín. Poseía en aquella fecha ya 3.400 habitantes. Encontramos en ella dos farmacias, una curtiembre, cervecería, destilerías de aguardiente, etc. Muchos araucanos estaban ocupados en arreglar la plaza principal y sus calles más importantes, sacando grandes troncos de árboles y enripiando las mismas, para lo cual buscaban ripio y arena en un lugar no muy lejano, porque he podido observar que todo el subsuelo está formado por estos elementos.

Hará un año atrás que apareció entre los mapuches una verdadera hambruna, lo que obligó a los indígenas a comer hasta los brotes y renuevos de la quila y el coligüe. Yo los he probado también una vez, pero puedo asegurar que los espárragos son mejores!

Una gran balsa permite atravesar el río Cautín a su ribera sur, frente a Temuco; yo la vi llena con mapuches, hombres y mujeres, que venían a Temuco para vender los productos de sus campos y huertas. Curiosa es la manera cómo ellos transportan los huevos. Los colocan sobre un poncho o sobre un gran pedazo de género o paño, arrollando éste sobre los huevos, separando cada uno con una amarra, dando por este motivo, al conjunto, el aspecto de un gran rosario de género.

El señor Schmidt me acompañó a un cerro situado en la parte norte de la ciudad, cubierto desde abajo de un bosque, desde donde se tiene una hermosa vista hacia el sur y hacia el lado este, donde aparece el terreno muy plano. El que tiene buena vista puede todavía ver hacia el sur la misión de Boroa.

Los mapuches de aquella región poseen ojos azules y cabellos rubios, pero yo no he podido obtener ningún dato concreto sobre el particular.

Mis intenciones eran de visitar también las ruinas de la antigua ciudad de La Imperial, fundada en 1552 por don Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile, y destruida en 1600 por los mapuches; conocer además Carahue, un puerto fluvial en pleno florecimiento, pero tuve que postergar estos proyectos, ya que iba a necesitar a lo menos tres días en este viaje. Cerca de Carahue se encontraron, hará dos años atrás, ricos lavaderos de oro, pero como es un suelo de origen aluvial aurífero, no puede ser de mucha extensión, ni de muy buena calidad. También en muchas otras partes de Chile austral, hasta en Magallanes y aun en Tierra del Fuego, se lava actualmente oro; pero un California o Transvaal nuevo, difícilmente se puede formar en dichas regiones.

El 28 de Noviembre inicié mi viaje de regreso hacia Traiguén, en carreta. En una parte del camino, donde una veta de granito llegaba hasta el río, algunos zapadores estaban sacando piedras, volando la roca, para así poder ensanchar el camino. Ellos detuvieron mi vehículo; yo anduve en aquel momento algo más adelante, y sin mi consentimiento botaron al suelo mi equipaje, queriendo usarlo para transportar piedras. Yo solicité ser presentado al oficial que tenía a su cargo este trabajo, el cual se encontraba en una casa no muy lejos del lugar, pero en civil. El me afirmó que no sólo tenía permiso, sino además la orden de hacer parar cualquier vehículo y usarlo para transportar piedras y otro material. Yo le pedí ver dicha orden, y resultó que aquélla era sólo para carretas desocupadas. Al hacerle ver que una orden así no podía referirse a la mía, por llevar mi equipaje, el señor oficial insistió que debía considerarse desocupada, porque yo personalmente no me encontraba sobre ella. Sólo después de mi formal amenaza de que iba inmediatamente a regresar a Temuco, donde formularía personalmente un reclamo al señor intendente, dejó libre a mi chanchita.

Durante la noche quedé en Lautaro, donde Faulbaum & Cía., y al día siguiente, sobre una carreta llegué de nuevo a Traiguén, vía Quillem, después de un día de viaje.

Cuando estuve descansando a orillas de un arroyo, encontré en el agua una curiosa plantita acuática que había observado anteriormente, bajo condiciones idénticas, creciendo pegada sobre rocas o sobre troncos sumergidos o nadando en el agua del río Futa. Tenía mucha semejanza con una Zostera, pero ni el material coleccionado en la primera, ni en la otra ocasión, poseían fructificaciones. Enviar material de ella a los botánicos del Kew no tenía objeto, porque ellos, igual que yo, no saben qué hacer con una planta estéril.

Llegué a Traiguén en un día de sol. Al día siguiente pude trasladarme en un coche a la estación de los ferrocarriles en Los Sauces, de donde me llevaron a Angol aquella misma tarde y de donde pude regresar a Santiago, después de un viaje de doce horas y dar, así, felizmente, terminada mi excursión botánica a través de la Araucanía.


De este viaje traje 276 especies de las que se pueden dividir en 105 polipétalas, 96 monopétalas, 12 apétalas, 60 monocotiledóneas y tres pteridófitas. Entre estas 276 especies había 31 que considero nuevas para la ciencia, es decir, nuevas, la novena parte. Para no repetir cosas ya anotadas he hablado durante los últimos días de viaje, de las plantas observadas en aquella parte; pero deseo ahora dar una descripción en conjunto de la vegetación de la parte plana de la Araucanía, que es, en general, más o menos idéntica.

 Este hermoso pedazo de tierra, como lo demuestra mi viaje, es un verdadero parque natural formado por árboles que crecen aisladamente. Agrupaciones tupidas de árboles, con arbustos y con lianas, pude observar en algunas quebradas angostas y por donde corren ríos o esteros o bien a orillas de las grandes praderas en las laderas o pendientes de los cerros. Entonces se asocian a los robles Nothofagus obliqua (Mirb.) Blume, Fam. de las fagáceas), también algunos árboles propios del sur, como el avellano (Gevuina avellana Mol., Fam. de las proteáceas), una mirtácea arbórea, el palo santo y el canelo (Drimys winteri Forst. var. chilense). Los árboles de Chile central han desaparecido completamente en esta región. El cavén o como se le llama también, el espino (Acacia caven (Mol.) Mol., Fam. de las leguminosas), se observa apenas en algunos ejemplares aislados al sur del río Laja; al sur del Malleco no he podido ver ningún peumo (Cryptocarya rubra (Mol.) Skottsb. (Fam. de las lauráceas) (57), ni al quillay (Quillaja saponaria Mol., Fam. de las rosáceas), ni al litre (Lithraea caustica (Mol.) Hook. et Arn. Fam. de las anacardiáceas). Sólo muy raras veces pude observar a Villaresia mucronata, un árbol que describió como Citrus chilensis el buen y anciano Molina (58). El boldo (59) falta casi o debe ser muy escaso; no lo encuentro anotado en mi diario de viaje. Sus hojas han desempeñado en la medicina, durante algún tiempo, un importante papel para curar afecciones hepáticas, porque un hacendado había observado que sus ovejas que habían comido hojas de las ramas de esta planta, con las cuales había hecho un cerco, botaban en gran cantidad pirihuines. Probablemente la región sea muy húmeda para el boldo.

El Lomatia obliqua (60), el ralral o nogal, perteneciente a las proteáceas, es aquí un árbol grande y de sus troncos se puede aserrar tablas, casi iguales a las de la haya. Sólo en la parte austral del territorio recorrido pude observar al pelú (Sophora tetraptera Ait., Fam.de las leguminosas (61), cuyas legumbres poseen cuatro alas coriáceas y cuya madera es muy dura; pero flexible.

Muy variados son los arbustos, que son generalmente espinudos. Hallé cuatro especies del género Berberis, la más común es la B. congestiflora Gay. Dos especies de Azara. De las Colletia, no son escasas C. crenata y C. hystrix (62). Myrtus ugni (ahora Ugni molinae, una mirtácea) con sus flores rosadas y aromáticas que dan unas bayas de un sabor muy agradable, no es muy común. De las araliáceas del sur, Aralia laetevirens y valdiviana (ahora: Pseudopanax laetevirens (Gay) Seem. y Pseudopanax valdiviensis (Gay) Seem., respectivamente (63), no he visto ejemplar alguno. Común es la pequeña Baccharis valdiviana Phil., formando tupidos matorrales.

En algunas partes he encontrado una pequeña Fabiana, probablemente Fabiana imbricata (el pichi), que con sus hojas cortas e imbricadas y con sus flores en forma de tubos, se parece más bien a una ericácea que a una solanácea; también ella tiene fama de ser una planta medicinal. Un señor Rioseco que sufría de una afección a la vejiga sanó completamente haciendo uso de una infusión de esta planta; ahora se exporta grandes cantidades de pichi a Norteamérica, por el puerto de Talcahuano.

De vez en cuando se observa a la bonita Buddleja globosa, cuyas flores de un hermoso color amarillo anaranjado, están agrupadas en cabezuelas del tamaño de una bala de fusil. Sus hojas tienen una gran semejanza con las del matico peruano, que es una piperácea, mientras que la planta chilena, que también se llama matico, pertenece a la familia de las loganiáceas. En varias partes observé Embothrium coccineum Forst., una proteácea (llamada vulgarmente notru o ciruelillo). Algunos ejemplares se hallaban en flor, pero sólo ejemplares bajos, apenas del tamaño de un hombre; sus numerosas flores coloradas encendidas hacen de ella un verdadero y precioso arbusto ornamental para parques y avenidas.

A las muchas plantas herbáceas que he citado ya más arriba, deseo agregar todavía las siguientes: dos anémonas, la más común, la de flores azules: Anemone decapetala, se encuentra también en Norteamérica, y A. multifida, con flores blancas. No raras son las Cardamine, pero con flores más pequeñas que los ejemplares de las praderas húmedas de Alemania, Viola maculata (ahora Viola valdiviana Kalela (64), que se encuentra en gran parte de Chile hasta el estrecho de Magallanes, con grandes flores de color amarillo y con un pedúnculo algo leñoso, se encuentra en lugares sombreados. El nombre de maculata lo ha recibido, sin duda, porque Cavanilles, que la descubrió primeramente, tenía a su disposición un ejemplar, cuyas hojas estaban atacadas por hongos.

Hypericum chilensis (65), a veces, muy abundantes, forman en algunas partes céspedes redondos y bajos; lo mismo forman algunas especies perennes de Geranium, encontrándose en esta región también abundante G. robertianum. Apenas se puede creer que esta planta sea introducida, y yo creo que ella debe haber aparecido en Chile, como en Europa, espontáneamente.

Común es Oxalis rosea, ampliamente distribuida en Chile; en cambio, O. dumetorum es más abundante en la provincia de Valdivia.

Lupinus microcarpus se encuentra en todo el sur de Chile, lo mismo Hosackia subpinnata, conocida antes como Lotus subpinnatus (66).

TRIFOLIUM: de las muchas especies chilenas, algunas herbáceas y otras perennes, no tienen gran importancia como plantas forrajeras, por ser muy pequeñas. Muy pequeño es el Trifolium megalanthum (67), que se encuentra en la Araucanía y en Valdivia; es de hojas pequeñas y con flores relativamente grandes y colocadas en cabezuela.

Phaca verticillata Phil. (Llamada ahora: Astragalus verticillatus (Phil.) Reiche) con flores blancas en espigas, posee hojuelas cuyos bordes inferiores se encuentran cortados, dando el aspecto que si fueran en forma de verticilos.

De Vicias y Lathyrus se encuentran varias especies, generalmente ejemplares bajos; sólo Lathyrus pubescens con grandes flores de color amarillo pálido, sube, igual que Lathyrus macraei (68) ya indicado, por los arbustos.

Del género Adesmia, tan abundante y que son arbustos espinudos e inútiles, y que a veces, llegan a ser hasta pequeños árboles o yerbas anuales, se encuentran en la Araucanía unas pocas especies perennes, pero todas sin importancia.

Común es la frutilla (Fragaria chiloensis, Rosáceas) en lugares sombreados; Geum chilensis o G. coccineum (cuyo nombre vulgar es: yerba del clavo, llallantes, etc.), cuyas flores, en las partes altas de los Andes, son del doble diámetro que las del valle.

Potentilla anserina se encuentra doquier en Chile austral, al igual que Geranium robertianum; parece difícil que haya sido importado por los europeos.

De las oenoteráceas, Epilobium, Godetia (69) y Oenothera, vale la pena citar a Oenothera acaulis, que es bastante común en gran parte de Chile central y austral hasta el río Bueno, por sus grandes blancas, que después de la floración se vuelven de un color colorado sucio.

Loasa acanthifolia, con sus hojas punzantes, con hermosas flores amarillo- azafranadas, y Loasa sclareaefolia, no son escasas.

De las umbelíferas, prefieren crecer en las sombras de los bosques: Hydrocotyle, Sanicula liberta (70), Osmorrhiza berterii (71), cuyas hojas tienen gusto a perifollo, más dos especies anuales de Daucus y de Eryngium, ya se ha hablado en otra de esta narración.

La Araucanía es pobre en Compuestas en forma de arbustos, de las cuales e numerosos representantes en Chile central y que son los ya citados: Gochnatia Baccharis y Senecio denticulatus (72). No escasea la bonita Triptilion spinosum Ruiz et Pav., la única siempreviva azul, o mejor, en forma de aciano, que conozco.

Gnaphalium está representado por varias especies; lo mismo Senecio, pero nunca tanto como en Chile boreal y central. Común es Senecio plantagineus (73).  De una roseta de hojas que se asemeja mucho a Plantago major, aparece un pedúnculo de 30 centímetros de alto, coronado pocas flores, pero bastante grandes.

De las Valeriana, un género que en Chile posee numerosas especies, hasta algunos arborescentes, encontré sólo 2-3 especies.

Wahlenbergia linarioides, común en Chile central y austral, y que reemplaza aquí en Chile a la Campanula, no falta tampoco en la Araucanía; lo mismo que la Sarmienta repens, común más al sur, y que es una gesneriácea que crece sobre cortezas de árboles, en especial sobre ramas horizontales del roble, y que posee hojas, ovales, gruesas y carnosas, cuyas flores en gran cantidad, de color rojo-escarlata, de forma de mangas, y que al desprenderse cubren intensamente el suelo donde caen.

Un Samolus con hojas grandes, S. latifolius Dub. no es raro, igual que en la provincia de Valdivia (74)

Más arriba he hablado de Eritrichium, que se parecen a los no-me-olvides; puedo agregar que he descubierto hasta ahora cuatro especies en la Araucanía durante mi excursión que estoy narrando (75).

También existen varias especies de Solanum, en forma de arbustos, uno que hallé entre Lautaro y Temuco, con grandes umbelas con abundantes flores azules y grandes, la considero como una especie nueva (76).

De Sisyrinchium encontré nada menos que siete especies. La Luzuriaga radicans, que crece preferentemente entre las fisuras de la corteza de los árboles y que alcanza hasta el estrecho de Magallanes, no falta tampoco en la Araucanía, especialmente en los bosques, donde hay bastante humedad y sombra. Sus flores estrelladas blancas tienen aroma a naranjo en flor, por este motivo se la llama comúnmente con el nombre de azahar, y cuando da frutas, se denomina coral, por sus bayas de color rojo coral.

Curioso es que haya encontrado seis especies de liliáceas y tres amarilidáceas, entre estas últimas ninguna Alstroemeria, a pesar de que en la flora chilena, las amarilidáceas se encuentran en mayor proporción que las liliáceas.

El número de ciperáceas no es considerable en la región que visité. Las gramíneas, en cambio, están representadas por numerosas especies; pero el número de individuos, en comparación con el de Alemania, no es muy subido. En ninguna parte he encontrado algo así como una pradera, donde las gramíneas ocupen en la vegetación la mayor parte de ella y en tal cantidad que se puede hacer con ellas, heno. Repito lo dicho más arriba, los pastos se encuentran muy aislados y sus cañas poseen muy pocas hojas. Dos especies de Stipa son muy curiosas: la una Stipa trichocaulos (77), forma manojos de hojas enrolladas y en forma de crin; posee cañas de dos y medio pies de largo que son muy delgadas, botadas en el suelo y en cuyo extremo se encuentran algunas flores. Llama la atención que hasta ahora ningún botánico haya encontrado esta planta tan común desde la península de Túmbez, cerca de Talcahuano, hasta la parte central de la provincia de Valdivia. De la otra especie de la cual desgraciadamente encontré una sola muestra, cerca de Angol. Probablemente debe haber habido más ejemplares, pero yo la tomé por una especie común. Cuando la estudié en Santiago, descubrí que poseía, fuera de las flores comunes de la espiga, algunas flores en los vértices de las hojas, muy cerca del suelo, de las cuales, ya maduras, producen varias semillas. La he descrito bajo el nombre de Stipa amphicarpa (78).

Los helechos son todas especies comunes del sur de Chile, pero faltan los representantes bonitos del género Hymenophyllum, tan comunes en Valdivia y Chiloé, ya que necesitan para su desarrollo mucha humedad. Líquenes y musgos no son muy comunes; ellos necesitan también cierta cantidad de humedad; no los he coleccionado, como tampoco hongos.


Citar como: Philippi, R.A. 1896. Botanische Excursion in das Araukanerland. Ber. Vereins Naturk. Cassel 41:1-31.
La traducción de Hugo Gunckel se publicó en 1952, en Farmacia Chilena 26 (9): 387-396, 26 (10): 435-451).


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